Fallas un pase fácil en el minuto diez. Y durante los dos minutos siguientes no estás jugando al fútbol: estás dándole vueltas al pase.
Lo siguiente que pasa casi siempre es que llega otro error. No porque seas peor jugador de repente, sino porque tu cabeza estaba en el pase anterior en vez de en la jugada que tenías delante.
Esto lo trabajamos a menudo con Asier García, psicólogo del rendimiento, en las sesiones que hace con los jugadores del programa. Lo que viene a continuación sale de una de ellas, y la idea central es la que menos te esperas:
> El objetivo no es mantener la concentración. Es entrenar la capacidad de recuperarla.
Tu atención es un presupuesto, y casi siempre lo gastas sin mirar
Imagina que te llegan 5.000 € este mes. Los repartes: comida, ropa, salir, ahorro, prepararte mejor.
Cada euro que pones en un sitio no lo puedes poner en otro. Eso lo tenemos claro con el dinero.
Con la atención funciona igual, con una diferencia incómoda: la mayor parte del tiempo no eliges tú dónde la gastas. La pone el cerebro solo, en automático. Si durante el partido tu atención se va a «ya la he liado», no está disponible para la siguiente acción. No es que no quieras: es que ese dinero ya está gastado.
Y hay gastos que no ves. Igual que las horas de móvil no aparecen en el reparto que harías sobre el papel, pero están y se llevan su parte.
El gorila que no ves
Hay un experimento clásico que explica esto mejor que cualquier charla. Lo hicieron Daniel Simons y Christopher Chabris, y es de 1999.
Te enseñan un vídeo con dos equipos pasándose una pelota de baloncesto, unos de blanco y otros de negro. Te piden que cuentes los pases que dan los de blanco. La gente cuenta, se concentra, y da un número.
Entonces te preguntan: ¿has visto al gorila?
En mitad del vídeo cruza una persona disfrazada de gorila, se para en el centro, se golpea el pecho y se va. Y alrededor de la mitad de la gente no lo ve.
No es que mirasen mal. Es que estaban contando pases.
Esto es lo que hace tu cabeza en un partido. Lo que atiendes se hace grande, y lo demás desaparece. Si tu foco está en el fallo, la jugada que viene es el gorila: está ahí delante y no la ves.
Pelearte con un pensamiento es prestarle atención
Aquí está el error más común, y lo comete todo el mundo con la mejor intención.
Te viene el «ya la he liado» y tú intentas quitarlo: no, no pienses en eso, céntrate, olvídalo ya.
Pero para pelearte con un pensamiento tienes que estar mirándolo. Le estás dando atención, y lo que atiendes gana presencia. Cuanto más empujas, más grande se hace.
Lo mismo pasa con el truco de «voy a compensarlo». Parece que vas hacia delante, pero el fallo sigue ahí de fondo marcando la dirección: sigues jugando en función de lo que pasó, no de lo que está pasando.
Y con las emociones igual. Hay una idea muy extendida de que algunas emociones no deberían estar ahí. Que si fallas no deberías frustrarte. Pues te frustras. A todo el mundo le frustra fallar. El problema no es la frustración: es quedarte dentro de ella.
Los cuatro pasos para volver
No es una receta mágica. Son cuatro movimientos que se practican.
1. Darte cuenta
Es el que más cuesta al principio y el que más cambia las cosas. Simplemente notar: se me ha ido.
Las señales suelen ser las mismas siempre. El foco se va a algo que no controlas al cien por cien: el resultado, si te van a cambiar, lo que piense el entrenador, lo que diga la grada, si te va a salir bien la siguiente. O se va al pasado, al fallo que ya ocurrió.
2. Aceptarlo
El más difícil de los cuatro. No es resignarse: es dejar de pelear.
Vale, me ha fastidiado. Estoy frustrado. Listo. Sin discutirlo, sin justificarlo y sin intentar convencerte de que no debería pasarte. La emoción está, no se va porque la rechaces, y rechazarla consume la atención que necesitas para lo siguiente.
3. Redirigir con una señal
Aquí está la parte práctica, y es donde la mayoría se queda corto: «concéntrate» no es una instrucción. No le dice nada a tu cabeza.
Necesitas una señal concreta que te devuelva al presente. Tres que funcionan:
- Hablar. Avisar, pedir, corregir una posición. Mientras hablas estás en el presente, no en el fallo ni en lo que puede pasar.
- Escanear. Mirar alrededor antes de recibir. Es también lo que mejora tus decisiones, así que vas ganando dos veces: lo tienes entero en visión de juego.
- Esfuerzo y actitud. Presionar tras pérdida, hacer el desmarque aunque no te la den.
Lo que comparten las tres: las controlas al cien por cien. No dependen de si te sale bien, ni del árbitro, ni del rival. Por eso sirven de ancla.

4. Actuar
Hacerlo. Aunque te salga mal. Aunque vuelvas a desenfocarte diez segundos después.

La parte que casi nadie cuenta
Vas a volver a desenfocarte. En el mismo partido, varias veces.
No vas a aguantar noventa minutos con el foco donde quieres, ni esta temporada ni dentro de cinco años. Nadie lo hace. Los jugadores que parecen tenerlo no es que no se despisten: es que vuelven antes.
Y eso es exactamente lo que se entrena. Cada vez que te das cuenta de que se te ha ido y rediriges, es una repetición. Como un curl de bíceps en el gimnasio: una sola no hace nada, y nadie espera tener brazo después de la primera serie.
Así que la pregunta no es ¿cuánto aguanto concentrado? sino ¿cuánto tardo en volver?
Al principio tardarás un partido entero. Luego media parte. Luego dos jugadas. Ese es el progreso, y es medible.
La historia que te cuentas cambia lo que ves
Un ejemplo que sale siempre: «el entrenador no confía en mí».
Si llevas esa idea puesta, todo la confirma. Si te corrige, es que solo ve lo que haces mal. Si no te dice nada, es que le das igual. Cualquier cosa que pase encaja.
Ahora dale la vuelta: «el entrenador confía en mí». Si te corrige, es porque cree que puedes hacerlo mejor. Si no te dice nada, es porque lo estás haciendo bien.
Los mismos hechos. Dos conclusiones opuestas. Y las dos se confirman solas, porque tu atención va a buscar lo que encaja con la historia que ya tienes.
No sabemos lo que el entrenador piensa de verdad. Pero sí elegimos con qué versión jugamos, y una de las dos te deja jugar mejor.
Te toca el vaso que te toca
Hay una parte del fútbol que no eliges: el equipo que te toca, el entrenador, los minutos, las lesiones, si el examen te cae la semana del partido importante.
A veces te toca un vaso grande y a veces uno pequeño. Tu trabajo es llenarlo igual.
Lo que pasa muchas veces es lo contrario: como me ha tocado el pequeño, ya no merece la pena llenarlo. Y ahí se pierde lo único que estaba en tu mano. Porque el día que te toque el grande, llegas sin la costumbre de llenarlo.
Si eres el padre o la madre
Lo que menos ayuda cuando tu hijo sale hundido de un partido es el «no pasa nada».
Sí pasa. Le fastidia. Y si le dices que no debería fastidiarle, lo que aprende es que esa emoción está mal y hay que esconderla, que es justo lo contrario de aceptarla.
Funciona mejor lo otro: nombrarla y dejarla estar. «Normal que te fastidie». Y después, si él quiere, hablar de la siguiente, no de la de hoy.
El repaso del partido en el coche de vuelta rara vez ayuda. Eso va entero en la presión añadida en el deporte, que explica bien la diferencia entre exigir y aplastar.
Por dónde empezar esta semana
Una sola cosa, no cinco:
- Elige tu señal. Hablar, escanear o esfuerzo. Una.
- Úsala solo después de los errores. No intentes controlar todo el partido.
- Cuenta las veces que vuelves, no las veces que te vas. Al acabar, anótalo. En papel, que se piensa distinto.
Y si lo tuyo no es durante el partido sino antes —el nudo en el estómago del sábado por la noche—, eso es otra cosa y tiene su propio camino: nervios antes de un partido de fútbol.
Hasta dónde llega un artículo
Conviene decirlo claro, porque si no parece que con leer esto ya está.
Lo de arriba es el qué. Está entero y lo puedes empezar a usar el domingo. Lo que un artículo no te puede dar es lo otro:
- Alguien que te vea a ti. Dónde se te va el foco a ti no es donde se le va al de al lado. Eso se ve mirando tus partidos, no leyendo.
- Saber cuál es tu señal. Hablar le funciona a casi todo el mundo, pero no a todo el mundo ni en todos los puestos. Elegir la tuya es una conversación, no una lista.
- Volver dentro de un mes. Esto es lo que más falla: se lee, se prueba dos semanas y se abandona porque no se nota. Lo que sostiene el trabajo mental es tener que dar cuentas de él.
Si quieres ir en serio con esta parte, hay dos caminos:
- Trabajar con Asier García directamente. Es psicólogo deportivo especializado en futbolistas y es de quien sale todo lo que has leído aquí.
- Entrar en el MVP-90, donde la parte mental va dentro del programa: Asier hace una sesión con los jugadores cada mes o mes y medio, y esta era una de ellas.
Y si lo que quieres es ver qué pasa cuando un futbolista se mete en serio en esto, lo tienes contado entero en el caso real de un jugador que entrenó con nosotros: qué hizo, cuánto tardó y qué cambió de verdad.
Y si no te apetece ninguna de las dos, quédate con lo de arriba y úsalo. Es mejor eso que nada.
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Quién está detrás de esto
Asier García es psicólogo deportivo y trabaja la preparación mental de futbolistas. Lo sigue mucha gente por una razón sencilla: explica lo mental como se explica lo físico, sin humo. Cada mes o mes y medio hace una sesión con los jugadores del programa MVP-90, y este artículo sale de una de ellas.
Preguntas frecuentes
Date cuenta de que se te ha ido, acepta que te ha fastidiado sin pelearte con ello, y redirige con una señal concreta que controles al cien por cien: hablar, escanear o presionar. «Concéntrate» a secas no funciona porque no le dice nada a tu cabeza.
Porque tu atención se queda en el fallo y deja de estar en la jugada siguiente. No juegas peor por el error en sí, sino porque estás jugando con una parte de la cabeza ocupada en algo que ya pasó.
No. A todo el mundo le frustra fallar, también a los profesionales. El problema no es sentir la frustración, es quedarse dentro de ella. Aceptarla cuesta menos energía que pelearse con ella.
Sí, pero no como se suele creer. No se entrena aguantando más tiempo concentrado, sino practicando el volver cada vez que te despistas. Cada reenfoque cuenta como una repetición.
Las primeras semanas cuesta bastante y no sale del todo. Lo que se acorta no es el número de despistes, sino el tiempo que tardas en volver: de un partido entero a media parte, y de media parte a un par de jugadas.
Evita el «no pasa nada», porque sí le pasa y lo que aprende es a esconderlo. Funciona mejor nombrar la emoción y dejarla estar, y hablar de la siguiente oportunidad en vez de repasar el partido de vuelta a casa.




