De todas las relaciones del fútbol, esta es la que más condiciona tu temporada y la que menos se trabaja. No hace falta que seáis amigos. Hace falta que haya respeto, que él sepa qué puede esperar de ti y que tú sepas qué espera él.
Vamos con lo que funciona, lo que no, y dónde está el límite.
Primero, entiende de qué va su trabajo
Tu entrenador no se levanta pensando en ti. Se levanta pensando en que el equipo gane el domingo, porque de eso depende que el año que viene siga ahí.
Eso explica casi todo lo que te desconcierta de él. Un jugador es para el entrenador una solución a un problema, y los problemas cambian de semana en semana. Si esta jornada necesita a alguien que corra la banda entera, juega el que corre, aunque tú toques mejor.
De ahí sale el consejo más útil que te podemos dar y el más incómodo: créete la mitad de lo que te dice, para lo bueno y para lo malo. Cuando el equipo va bien y tú estás fino, te hará la pelota. Cuando entres en una mala racha, verás cómo cambia el trato. No eres un fenómeno un mes ni un desastre al siguiente.
Si además quieres saber en qué se fija cuando te evalúa, lo desglosamos en cómo te analiza un entrenador de fútbol.
Lo que de verdad mueve la aguja
Comportarte como un profesional
Aunque no cobres. Llegar antes de la hora, no desaparecer cuando toca recoger, escuchar una corrección sin poner cara.
Esto pesa más de lo que crees por un motivo práctico: entre dos jugadores de nivel parecido, siempre juega el que da menos problemas. Y esa fama viaja. Los entrenadores hablan entre ellos, y que se diga de ti que eres bueno pero pasota te cierra puertas que ni sabes que existen.
Saludar
Parece una tontería y no lo es. No hace falta cruzar el campo: si os cruzáis, di algo. El jugador que agacha la cabeza y pasa de largo está mandando un mensaje, aunque no quiera.
Hacer lo que pide, aunque no lo compartas
Vas a discrepar. Es normal y es sano. Pero el que decide es él, y el sitio para discrepar no es el campo delante de todos, ni la cara al recibir una indicación.
Si algo no lo entiendes, pregunta después, en frío y a solas. «Míster, ¿qué quieres exactamente de mi perfil en esa situación?» es una pregunta que casi ningún jugador hace y que a casi todos los entrenadores les gusta que les hagan.
Trabajar y poner al equipo por delante
De un jugador que lo da todo y quiere que el equipo gane no se puede decir nada malo. Puede que no juegue, pero nadie va a hablar mal de él.
Los errores que te cuestan minutos
- La cara. Un gesto al ser cambiado, un resoplido al recibir una corrección. Es lo que más rápido te descarta y lo que más fácil es evitar.
- Discutir en caliente. Después de un partido nadie está en condiciones de tener esa conversación. Ni tú ni él.
- Hablar de él con los compañeros. Todo vuelve. Siempre.
- Desaparecer cuando no cuentas. Es exactamente lo contrario de lo que te conviene, y lo explicamos entero en no juego en mi equipo, qué hacer.
- Que hablen tus padres por ti. Si tienes edad para jugar, tienes edad para hablar. De esto va el apartado de abajo.
«Mi entrenador me tiene manía»
Es lo que más nos escribís. Y la respuesta honesta es: a veces es verdad y casi siempre no lo es.
Lo que suele haber detrás:
- No encajas en su modelo de juego. No es contra ti: es que pide otra cosa. Puedes adaptarte un poco, pero no puedes cambiar de jugador.
- Hay alguien mejor en tu puesto. Duro, pero es el escenario con mejor arreglo, porque depende de ti.
- Estás haciendo algo mal y no lo sabes. Es lo más frecuente de todo, y también lo más fácil de resolver.
- De verdad no cuenta contigo. Existe. Pasa. Y tiene una señal muy clara, que te damos al final.
La forma de saber cuál es la tuya es solo una: preguntar.
Cómo pedir esa conversación

Funciona bastante mejor de lo que la gente cree, y casi nadie lo hace.
- Cuándo: entre semana, en frío. Nunca al acabar un partido en el que no has salido.
- Cómo: en privado y sin reproches. No vas a reclamar, vas a pedir información.
- Qué preguntar, dos cosas y ya está:
- ¿Qué necesitas de un jugador de mi puesto?
- ¿Qué me falta a mí para dártelo?
- Qué no hacer: comparar con compañeros («¿por qué juega él y yo no?»). Ahí la conversación se acaba.
Pasan dos cosas buenas. La primera, que te llevas un diagnóstico que no te va a dar nadie más. La segunda, que le estás diciendo sin decirlo que quieres cambiar la situación, y a un jugador así se le mira distinto.
Y luego viene la parte que depende de ti: hacer algo con esa respuesta. Si te dice que te falta físico, ya sabes por dónde empezar, y también cuánto tarda eso en notarse. Muchos de los futbolistas que entrenamos en el programa MVP-90 llegan justo después de una conversación así: alguien les ha dicho qué les falta y quieren volver en tres meses siendo otro jugador.
Si eres el padre o la madre
Este apartado es para ti, porque es donde más se rompe todo.
No hables tú con el entrenador por tu hijo, salvo que haya un problema de trato o de seguridad. Si es una cuestión deportiva —minutos, posición, decisiones—, esa conversación le corresponde a él.
Cuesta, porque duele verle mal. Pero cuando resuelves tú, le quitas lo único que puede recuperar solo: la sensación de que su carrera es suya. Y además el entrenador lo registra, aunque sea injusto: el jugador cuyos padres protestan arranca con un punto en contra.
Lo que sí funciona: escuchar sin arreglar, no repasar el partido en el coche y no criticar al entrenador delante de él. De esto va entero cómo ayudar a tu hijo a mejorar en el fútbol sin quemarlo.
Dónde está el límite
Todo lo anterior va de ponerte de tu lado en una relación profesional. Pero hay dos situaciones donde no se trata de aguantar mejor:
Cuando hay falta de respeto. El respeto va en las dos direcciones. Si hay humillaciones, burlas o un trato que cruza la raya, eso se habla: con él primero y, si no se arregla, con el club. Y si el jugador es menor, ahí sí que entran la familia y el club, sin discusión.
Cuando la decisión ya está tomada. Hay una señal que no falla: si se lesiona el de tu puesto y el entrenador prefiere mover a otro jugador de posición antes que ponerte a ti, no cuenta contigo. Ni una conversación ni tres meses de buena actitud van a cambiar eso.
En ese caso no has fracasado: simplemente no es tu sitio. Y lo que toca es buscar minutos en otro lado, que es de lo que va cómo encontrar equipo de fútbol.
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Un caso real
La otra mitad del vestuario son tus compañeros, y ahí las reglas son distintas: lo repasamos en compañeros de equipo: cómo llevarte bien en el vestuario.
Preguntas frecuentes
En privado, entre semana y en frío, nunca después de un partido. Sin reproches y sin comparar con compañeros. Con dos preguntas basta: qué necesita de un jugador de tu puesto y qué te falta a ti para dárselo.
Antes de darlo por hecho, ten esa conversación: muchas veces lo que parece manía es un criterio que nadie te ha explicado. Si después de hablar y de varias semanas de buena actitud todo sigue igual, deja de gastar energía en convencerle y empieza a mirar otras opciones.
No, y a veces es peor. Lo que necesitas es una relación profesional y de respeto. Si además surge buena sintonía, perfecto, pero no es lo que decide las alineaciones.
Sí, siempre que sea en el momento y la forma adecuados: en privado, en frío y aceptando que la última palabra es suya. Lo que no funciona es discrepar en el campo delante de todos o poniendo caras.
Si es una cuestión deportiva, no: esa conversación le toca a él, aunque sea joven. Solo debes intervenir si hay un problema de trato, de respeto o de seguridad. Resolverlo por él le quita autonomía y además suele salir mal.
Cuando la decisión ya está tomada. La señal más clara es que haya una baja en tu posición y el entrenador prefiera mover a otro jugador antes que ponerte a ti. A partir de ahí, lo sensato es buscar minutos en otro sitio.




