No juego en mi equipo de fútbol: qué hacer cuando no tienes minutos
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No juego en mi equipo de fútbol: qué hacer cuando no tienes minutos

Lo primero, porque conviene decirlo antes que nada: que no juegues no significa que no valgas. En una plantilla hay más de veinte jugadores y solo once salen de inicio. Estar siempre en ese once, en cualquier categoría y a cualquier edad, es más raro de lo que parece desde el banquillo.

Dicho eso, tampoco vale con resignarse. Hay cosas que puedes hacer esta semana, y hay un momento en el que lo correcto es irse. Vamos a separarlas.

Por qué no estás jugando

Casi siempre es una de estas cuatro, y conviene saber cuál es la tuya porque cada una se arregla distinto:

  1. Hay alguien mejor que tú en tu puesto. Duro, pero es el escenario con mejor arreglo: depende de ti.
  2. El entrenador quiere otro perfil. Quizá juegas bien, pero su modelo pide un extremo que ataque la espalda y tú eres de asociarte. Aquí puedes adaptarte un poco, pero no cambiar de jugador.
  3. Estás haciendo algo mal y no lo sabes. Puede ser actitud, puede ser táctico, puede ser algo de fuera del campo. Es lo más frecuente y lo más fácil de resolver: basta con preguntar.
  4. No cuenta contigo, haga lo que hagas. Existe, y hay que saber reconocerlo. Hablamos de ello al final.

Para afinar el diagnóstico ayuda saber qué está mirando el que decide. Lo repasamos en cómo te analiza un entrenador de fútbol: puntos fuertes y débiles, edad, peso, historial de lesiones, cómo llevas la presión y cuánta competencia hay en tu posición. Parte de esa lista no la controlas. El resto sí.

Las cinco cosas que sí puedes hacer

Las cinco cosas que puedes hacer si no juegas en tu equipo de fútbol
Lo que sí está en tu mano mientras no juegas.

1. No te hundas, porque se nota

Es lo más difícil y lo más importante. El jugador que se viene abajo entrena peor, pone caras y transmite que ya ha tirado la toalla. Y ahí pasa lo peor: le acabas dando al entrenador motivos nuevos para no ponerte. Lo que empezó siendo una decisión técnica se convierte en una decisión de actitud, y esa sí es culpa tuya.

2. Apoya al equipo, aunque estés quemado

Piénsalo al revés. Cuando tú estás en el campo, ¿cómo te sienta ver a los del banquillo con mala cara, casi deseando que la cosa salga mal?

Ser buen compañero cuando no juegas es de las pocas cosas que todo el mundo nota. El vestuario lo nota, el entrenador lo nota, y tú sales ganando como persona. No es un consejo bonito: es que el futbolista al que el grupo quiere tiene más papeletas de que le den una oportunidad.

3. Habla con el entrenador

Esta es la que casi nadie hace y la que más resultado da.

Tú crees que lo estás haciendo todo bien. Puede que sí. Pero el que decide es él, y a lo mejor está viendo algo que tú no ves. Pídele cinco minutos, sin reproches y sin el partido reciente caliente, y hazle dos preguntas: qué necesita de un jugador de tu puesto y qué te falta a ti para dárselo.

Pasan dos cosas buenas. Una, que te llevas un diagnóstico que no te va a dar nadie más. Y dos, que le estás diciendo sin decirlo que quieres revertir la situación. Un entrenador que ve a un jugador preocupado por mejorar lo mira distinto.

Elige el momento: no al acabar un partido en el que no has salido.

4. Aprovecha que no juegas para mejorar

Suena a consuelo barato, pero no lo es. Si no estás jugando 90 minutos el domingo, llegas al lunes con el depósito lleno mientras tus compañeros están recuperándose. Eso es tiempo y frescura que ellos no tienen.

Es el momento perfecto para trabajar lo que te falta: fuerza, velocidad, el perfil malo, lo que sea. Y para saber si de verdad estás mejorando en lugar de creerlo, mídete: el test CMJ se hace con el móvil y te da un número, no una sensación.

Ojo con una cosa: dosifica. Si te machacas por tu cuenta y llegas fundido a los entrenos del equipo, has convertido la ventaja en un problema y encima entrenas peor delante del que decide. Cómo encajar tu trabajo individual con el del club está en cómo entrenar durante la temporada.

Una buena parte de los futbolistas que entran en el programa MVP-90 llegan justo en este punto: no están jugando y quieren aprovechar los meses para volver siendo otro jugador. Se hace una valoración, se ve qué falla de verdad —y casi nunca es lo que el jugador cree— y se trabaja eso durante 90 días, ajustando la carga a los entrenamientos y partidos que sí tenga.

5. Cuando llegue la oportunidad, no la desperdicies

Todo lo anterior no sirve de nada si sales veinte minutos y desapareces.

Y el error clásico es el contrario al que parece: salir a demostrar. El que entra queriendo resolver el partido él solo acaba perdiendo balones en zonas donde no debe. Sal a hacer lo tuyo, bien y simple. Un partido correcto y sin regalos convence mucho más que dos jugadas vistosas y cinco pérdidas.

Vas a fallar alguna. Todo el mundo falla. Lo que se mira es si la siguiente la pides igual.

Cuándo toca irse

A veces no hay nada que arreglar. Y aquí vamos a ser claros, porque es lo que les decimos a nuestros jugadores: para progresar hay que jugar. Punto.

La trampa es el ego. De jóvenes —y de no tan jóvenes— preferimos ser cola de león: quedarnos en el banquillo del mejor equipo de la ciudad para poder decir que jugamos ahí. Si estás cobrando, es una decisión defendible. Si no cobras, y encima pagas una ficha, quedarte donde no juegas no tiene ningún sentido.

Hay una señal que no falla: si se lesiona el de tu puesto y el entrenador prefiere mover a otro jugador de posición antes que ponerte a ti, ya tienes la respuesta. No cuenta contigo.

Antes de decidir, contéstate a estas cuatro:

  • ¿Tengo posibilidades reales de ser importante aquí?
  • ¿Qué gano quedándome?
  • ¿Van a contar conmigo el año que viene?
  • Si me voy, ¿voy a jugar de verdad en el equipo nuevo?

Y no confundas una mala racha con un callejón sin salida. En todos los equipos hay que ganarse el puesto, y hay meses de más y meses de menos. Pero cuando un entrenador no cuenta contigo, se sabe. No hace falta que nadie te lo diga.

Dar un paso atrás no es rendirse. Bajar de categoría para jugarlo todo, hacer dos buenas temporadas y volver siendo un jugador importante es un camino que se recorre mucho más de lo que parece. Cuesta al principio, sobre todo por lo que dirán, y se agradece después.

Si has llegado a esa conclusión, el siguiente paso es cómo encontrar equipo de fútbol: las cuatro vías reales, qué te van a pedir y qué mirar antes de decir que sí.

Si quien lee esto es un padre o una madre

Un apunte, porque nos escribís mucho con esto.

La situación duele más en casa que en el vestuario, y es fácil pasarse: hablar con el entrenador por tu hijo, criticarlo delante de él, buscarle equipo sin contar con él. Casi siempre sale mal, porque le quita al jugador lo único que puede recuperar por sí mismo, que es sentirse dueño de su carrera.

Lo que sí funciona: escuchar sin resolver, no repasar el partido en el coche y dejar que sea él quien hable con su entrenador. De esto va entero cómo ayudar a tu hijo a mejorar en el fútbol sin quemarlo.

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Preguntas frecuentes

¿Debo hablar con el entrenador si no juego?

Sí, y es de lo más útil que puedes hacer. Pídele un momento tranquilo, lejos de un partido reciente, y pregúntale qué necesita de un jugador de tu puesto y qué te falta a ti. Te llevas un diagnóstico que nadie más te va a dar y le demuestras que quieres cambiar la situación.

¿Cuánto tiempo debo aguantar sin jugar antes de cambiar de equipo?

No hay un número de semanas. La señal clara es otra: si hay una baja en tu posición y el entrenador prefiere mover a otro jugador antes que ponerte, no cuenta contigo. Con eso ya puedes decidir, sin esperar a final de temporada.

¿Es mejor jugar en un equipo peor que no jugar en uno bueno?

Si no cobras por jugar, casi siempre sí. Para progresar necesitas minutos, y sin minutos no demuestras nada ni ante tu entrenador ni ante nadie que venga a verte. Bajar de categoría para jugarlo todo y volver más adelante es un camino habitual.

¿Qué hago mientras tanto para no estancarme?

Aprovechar que llegas fresco al lunes. Es el mejor momento para trabajar fuerza, velocidad o lo que te falte, siempre dosificando para no llegar cansado a los entrenamientos del equipo. Y mídete de vez en cuando para saber si estás mejorando de verdad.

El entrenador me tiene manía, ¿qué hago?

Antes de darlo por hecho, habla con él: muchas veces lo que parece manía es un criterio que no te han explicado. Si después de esa conversación y de varias semanas de buena actitud la cosa sigue igual, deja de gastar energía en convencerle y empieza a mirar otras opciones.

Mi hijo no juega y lo está pasando mal, ¿intervengo?

Escúchale sin intentar arreglarlo, no le repases el partido de vuelta a casa y deja que sea él quien hable con su entrenador. Resolverlo por él le quita lo único que puede recuperar solo: la sensación de que su carrera es suya.

Y para la conversación en sí, y para todo lo que rodea al trato con el míster, tenemos una guía aparte: cómo llevarte bien con tu entrenador de fútbol.

A veces el problema no es de minutos, es de sitio: en qué posición deberías jugar.

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